sábado, 26 de enero de 2013

Día nueve. Mimi Alonso


APARECE UN NUEVO PERSONAJE

En menos de veinticuatro horas, Kristen se convirtió en la viuda más joven de Ventia. Pese a su alegría inicial no le costó demasiado trabajo mostrarse afectada por las noticias recientes, no por la muerte de su esposo, sino por la falta de su criada. Cuando bajó las escaleras y vio la gravedad reflejada en los rostros de su corte Ventiana, sintió culpa al pensar que el hombre que los lideraba a todos había muerto y ella no sentía el mínimo dolor al respecto.
Siguiendo la marcha fúnebre hasta el escueto cementerio, le costó mantener las formas. Amén de lo obvio, lo único que empañaba aquella repentina sensación de libertad era saber que los flanqueantes hombres partirían a la guerra tan pronto como terminaran los actos por la memoria de su esposo.

–Sé valiente, Kristen –decían mientras Til la guiaba del brazo.–Sígueme –comentó ya de regreso a casa tras la ceremonia.
Subieron las escaleras de vuelta a su habitación. Por primera vez en su vida Til se sentía acongojado sólo con pensar en el estado mental de su prima. Aquellos ojos llorosos flagelaban su alma, pero el detectar atisbos de calma en ella le descomponía; no lograba entenderla. Aún así su instinto le obligaba a hacer cosas que nunca habría pensado de sí mismo. 
–Yo te protegeré –dijo ridículamente cuando estuvieron a solas.
–Te lo agradezco, pero no será necesario.
–Eres muy valiente, y hermosa…
–¿Cómo?
–Eres muy hermosa, Kristen –dijo acariciando su mejilla mientras con lentitud se aproximaba a aquel cuerpo de pájaro que le desconcertaba. Su cintura se dejó rodear por unos dedos que habían bailado el cuerpo de centenares de mujeres, pero sólo al aproximarse al suyo temblaron.
–¿Qué haces, Til? –Preguntó con los labios entreabiertos–. No… –gimió–, para…
Pero Til ya se aproximaba con sus labios perfectos y los ojos ardiendo de deseo contenido tanto tiempo.
–Kristen…
–¡Para! –Dijo ella alejándose de su primo político visiblemente confusa. ¿Qué había estado a punto de ocurrir? Le dio la espalda mientras tomaba aire atropelladamente. Su corazón quería dejarse notar por encima del entallado corsé cuando llamaron a la puerta.
–No respondas –pidió Til.
–Adelante.
–Lady Kristen –saludó una de las criadas con gesto grave–, acaba de llegar un caballero preguntando por usted.
–¿Quién es?
–No ha dicho su nombre.
–En seguida voy –anunció echando una rápida ojeada al cuerpo de su primo, en tensión, que seguía clavado en el suelo deldormitorio, para desaparecer escaleras abajo.
–¿Lady Kristen? –Un hombre de melena rubia y blanca dentadura aguardaba al pié.
–Sí.
–Mi nombre es Konrad Arievdouth.
–…
–He sido enviado desde Leston para encargarme de la regencia de Ventia hasta que se nombre a un nuevo embajador.

sábado, 12 de enero de 2013

Día ocho. Mimi Alonso.


HAY UN NACIMIENTO


Durante todo aquel tiempo se preguntó qué haría si le llegaba la terrible noticia. Si Julien estaba muerto ella poco tenía que hacer en Ventia. Seguramente la llevarían de regreso a Leston en un pestañeo, y debía reconocer que sin Claire por allí, ni su esposo, la idea no le resultaba del todo desagradable. Al menos tendría compañía, pensaba caminando sin rumbo, sin su sombra, que aguardaba en el ataúd del salón comedor para recibir una digna sepultura.
   No había hablado con nadie desde la noche anterior, cuando Til la acompañó a su dormitorio y acunó prácticamente hasta que se quedó dormida. Le había agradado su comportamiento de aquellos días. Si fuera así más veces, con más muchachas ante todo, sería padre de familia desde hacía años. Pero Til, pese a la ternura que había mostrado, continuaba siendo un peligro que valía más tener a la vista que a la espalda.
   Dieron unos fuertes golpes a la puerta del dormitorio. Kristen se vio sorprendida. Había rogado encarecidamente que nadie la molestara hasta la hora del entierro. Deseaba estar a solas para llorar a su queridísima Claire.
Como si la hubiera adivinado pensando en él, Til abrió la puerta tras escucharla dar su permiso para entrar.
   -Kristen...
   -¿Qué quieres, Til? Te pedí por favor que nadie me molestara hasta la hora del...
   -Han llegado noticias de Julien -dijo con voz grave. Ella sintió un nudo en el estómago.
    -¿Qué ocurre?
   -Ha... -la miró intentando demostrar toda la aflicción posible-. Lo siento mucho, muchísimo.
   -¿Qué?
   -Ha caído en manos de los salvajes, Kristen.
  -¿Está muerto? -Til asintió con gesto grave-. ¡Oh Dios mío! -Gritó ella antes notar que sus piernas se volvían de manteca y ver el suelo aproximándose lentamente hacia su cabeza.

   Cuando despertó su primo seguía allí, mirándola con aquella expresión afligida.
   -Dime que no es cierto -rogó ella con seriedad.
   -Lamentablemente lo es, querida.
   -...
  -Lo siento de veras. En dos días te he traído las dos peores noticias que una persona puede recibir... Ni siquiera hemos enterrado todavía a tu madre cuando ya hay que preparar otro funeral...
   -¿Qué hora es?
   -Casi las cinco.
  -¡Debemos darnos prisa! ¡Hay que acompañar a Claire en su viaje al otro mundo!
   -Claro, por supuesto... -Respondió él con extrañeza. Acababa de decirle que su marido había muerto y sólo se preocupaba de la criada...
   Til lo achacó a que no la había escuchado, o estaba intentando no escucharle para mantener la cordura. Aquellas dos noticias podían acabar con al vida de cualquiera. Pero Til no sabía qué ocurría en realidad...
   Kristen no sentía ningún afecto por su esposo. Es más, lo consideraba grosero, un anciano, era patético, mientras ella debía resignarse a vivir una vida de cortesana prácticamente estado a su lado. La noticia de la muerte de Julien no podía ser recibida de mejor modo: se veía renacer, volvía a ser libre.
   Puede que no tardara más de una semana en ser reclamada por su ciudad y regresar allí, a un lugar tranquilo donde sentirse a salvo. Kristen iba a renacer lejos de las garras de aquel esposo detestable y tan sumamente estúpido que le había raptado de entre los brazos de su madre, de su familia para obligarla a estar en aquella ruina, todo por dinero.
   Ahora me lo quedaré todo y volveré a Leston. Viviré bien gracias a ti, estúpido pedante.
   -Siento decírtelo ahora, pero la situación con los salvajes y el aumirio se ha vuelto insostenible. Debemos partir a la guerra, hacer justicia y quedarnos con el aumirio. 



El día que retomes el proyecto, Miguel, voy a hacer sonar las campanas...
Vaya tela. 

sábado, 29 de diciembre de 2012

Día siete. Mimi Alonso.



ALGUIEN MUERE

Aquella mañana la brisa salada le salió al paso. El puerto era un hervidero de barcos tripulados por indigentes y mugrientas alimañas descargando un pescado que olía casi tan mal como ellos mismos.
El gigantesco rubio no pasaba desapercibido entre los medianos colonos de Ventia, con sus cabellos rojizos y la firme sensación de que aproximarse a alguien como él era un grave error. No costaba reconocerlo en la ciudad ni en ninguna parte. Estaba cansado de decirle a los estúpidos de Renzos que no enviaran a esos tipos para hacer negocios.
En cuanto lo divisó caminando por los tablones que formaban el paseo, aquella mole amarilla tuvo la delicadeza de echarse a un lado separándose del grueso de marinos. Til caminó hasta alcanzarle. Cuando estuvieron junto a unas mujeres andrajosas, lo suficientemente separados de aquellos malolientes con tendencia a vender la información que escuchaban, se dieron la mano.
–¿Qué coméis en tu tierra, rocas? –Preguntó Til haciendo un par de movimientos con la mano para que se fuera el dolor del apretón.
–¿Qué pasa con el aumirrio? –Til sonrió. Los renzonianos no se andaban con rodeos.
–Estamos a punto de explotar un yacimiento.
–Mi pueblo necesitar ya el aumirrio.
–También el mío, amigo.
–Dijiste que llevarría aumirrio hoy.
–Pues no va a poder ser. Llegaremos al yacimiento la semana próxima –respondió desafiante. El nórdico se estalló los nudillos con la mandíbula tensa.
–No mi imporrta cómo, llevarré aumirrio pasado mañana. Tienes hasta entonses parra conseguirrlo –dijo amenazante.
Acto seguido se dio la vuelta y desapareció por el camino de tablones que crujieron bajo sus más de ciento veinte kilos.
Til lo siguió con la mirada. Sabía que tenía un problema, lo sabía perfectamente. Aquellos monstruos rubios estaban por civilizar igual que sus métodos para hacer cumplir los tratos. No usaban las amenazas, los que les fallaban a penas tenía tiempo de dar dos pasos con un hacha incrustada en la cabeza.
La pescadera del puesto próximo, a sólo unos pasos de su posición, mostraba un reluciente salmón a sus clientas. La piel del pez brillaba al sol. Til miró las agallas de la mercancía recién sacada de los barcos. Algunos peces todavía estaban asfixiándose, abrían y cerraban la boca con insistencia fuera de su elemento. Por primera vez sintió lástima de aquellos absurdos animales que se dejaban cazar de forma tan estúpida. Sin duda merecían ese final, aquella asfixia agónica que se prolongaría durante horas. Eso merecían por imbéciles.
–A mí ponme la cola.
–Yo quiero la cabeza –dijo otra clienta metiendo la mano en su cesta de mimbre al encuentro de monedas.
En un abrir y cerrar de ojos el salmón estaba troceado y su sangre manchaba la boca de los otros peces, todavía vivos.
–¿Te pongo lo de siempre, Claire? ¿Lenguados frescos para la señora y rape para ti? ¿Claire?
Til se volvió en el acto. Allí estaba, la vieja sirvienta de Kristen mirándole con aquellos ojos incisivos, acusadores.
–Sí, Brigitte, lo de siempre.
–Por supuesto –dijo la pescadera levantando el cuchillo para terminar con la agonía de los peces entre salpicaduras de sangre y agua.


–Kristen, lo lamento muchísimo.
–¡Pero no es posible! –Exclamó hecha un mar de lágrimas–. ¿Cómo ha podido suceder algo tan terrible? Mi pobrecita Claire, mi querida... –No pudo continuar hablando. Til la abrazó acongojado por su tristeza. Agradeció que estuviera allí, que hubiera hecho todo lo posible para salvar a su querida nana de aquel carruaje descontrolado.
–No llores más, por favor.
–Es que no puedo evitarlo. No sabes lo que esa mujer significaba para mí. Llevaba toda la vida a su cuidado, ella me crió, era como mi abuela, mi madre... –dijo reenganchando el llanto.
–Tranquila, Kristen, tranquila... –Susurró consolador–. El destino es cruel. No importa lo bueno o malo que hayamos hecho en nuestras vidas. De pronto todo acaba y eso debería consolarnos. Piensa que no ha sufrido, se ha ido rápidamente, sin rastro de enfermedad.
–No puedo creer que no vaya a volver a verla. ¿Por qué le ha pasado a ella, precisamente?
–No lo sé, querida –dijo Til frunciendo los labios, fingiéndose afligido–. Supongo que estaba en el peor de los lugares en el peor de los momentos.
–No es justo. Esto No Es Justo.
–Lo sé primita, lo sé...

Esperó con ella que el cuerpo de la criada fuera llevado a la casa para prepararlo antes del funeral. Sujetó su mano, cedió su pañuelo e incluso recibió su cabeza apoyada en el hombro y aquellas lágrimas que le calaban la camisa mientras recordaba la expresión de terror en el rostro de la anciana, pero sobre todo sus ojos en el momento previo a que la empujara contra el coche mientras ambos recorrían un estrecho callejón de regreso a casa.

La media noche los alcanzó de cuerpo presente. La improvisada capilla que Kristen mandó instalar en el comedor principal de la mansión, hizo las veces de velatorio para su nana.
–Gracias Til, por quedarte a mi lado y compartir mi dolor ahora que Julien parece haberse esfumado de la faz de la tierra –dijo Kristen sollozando.
–No puedo decir que sea un placer Kristen, pero aquí me tendrás siempre para lo que necesites –respondió en su mejor actuación–. Deberías retirarte a descansar.
–Debería ser yo la muerta, no ella.
–No digas eso –rogó Til besando el dorso de su mano mientras ella volvía a deshacerse en sollozos–. Vamos, te acompañaré a tu dormitorio. Ya no podemos hacer nada por ella, de poco sirve que tú enfermes de puro agotamiento.

La siguió por las escaleras pensando que jamás había visto a alguien llorar tantas horas seguidas, debía resultar agotador. Y todo por una criada, una vieja que cualquier día habría aparecido tiesa en su cama.
–Eres el único que me queda, y ni siquiera nos llevábamos bien –dijo Kristen con una sonrisa triste mientras él le ayudaba a quitarse las delicadas botas de encaje.
–¿No nos llevábamos bien? –Preguntó sonriéndole arrodillado, todavía sostenía su pie desnudo entre las manos–. Eso no es cierto, siempre he estado aquí para ti -respondió adulador.
–Nunca pensé que fueras capaz de mostrarte tan atento y encantador en una situación como esta. Eres un auténtico amigo –le dijo sonriendo con tristeza, agotada.
–Lo soy –respondió él cubriéndola con una manta de gruesa lana blanca–. Intenta descansar ¿de acuerdo?

Mientras salía de la habitación echando un vistazo atrás a todo lo que había sucedido en el día, Til no podía dejar de pensar en algo que le martirizaba, algo que no supo hasta el momento en que dejó a Kristen tapada con aquella manta, destrozada sobre la cama: cada vez que mataba sentía una imperiosa necesidad de follársela, y por un motivo u otro, nunca acababa haciéndolo. 

***

A ver si Miguel se pone las pilas, que vaya tela, llevo ya más de un mes dándolo todo yo sola ¬¬
 

sábado, 15 de diciembre de 2012

Día seis. Mimi Alonso



ENCUENTRAN UN LIBRO

   –Bueno, sí, ¿y qué pasa? ¿qué puede hacer?
   –Puede desencadenar una guerra.
   
Kristen meditó las palabras de Claire. Muchas veces se pasan por alto las opiniones del servicio en una casa señorial, cuando son ellos precisamente las presencias invisibles que convergen en cada habitación, los espíritus que sirven el té, escuchan y callan con la vista baja. Tanto Kristen como Claire sabían de la doble función de la criada–espía, pero Kristen estaba tranquila al respecto, Claire nunca la traicionaría.
   –Niña, deberías bajar y hablar con ella. Muchos comprenden nuestro idioma, pero hay otros que sí. Quizá si te muestras amable acabe por cooperar contigo y con Ventia.
   –¿Tú crees?
   –Por supuesto. Baja y llévale esto –dijo Claire sacando de su delantal papeles arrugados que en algún momento fueron un libro.
   –¿Qué es?
   –La biblia, por supuesto. Llévatela contigo, deja que la vea y decida por sí misma si quiere ayudarte o no.
   –¿Crees que lo hará?
   –Creo que se mostrará más atenta a tus preguntas que a las de tu primo Til.
   –Julien ya debería estar de regreso. Es él quien tendría que ocuparse de este asunto, no yo –dijo Kristen afectada. Nadie sabía de su paradero desde hacía semanas. Parecía como si el mar lo hubiera tragado sin sin darle tiempo a despedidas, pero no era así: el barco salió de Leston.
   Carraspeó un par de veces intentando absorber las lágrimas que amenazaban con caer rodando escandalosamente por sus mejillas. No era el momento de mostrarse débil, debía ser consorte, debía ser Mujer de Leston: Mujer de Ventia. Claire acarició sus mejillas antes de invitarla con un gesto a tomar la puerta.

   Jamás le gustaron los calabozos, jamás pisaba aquella parte de la casa. Nunca salvo en casos como aquel, de necesidad extrema. La chica continuaba con los grilletes puestos, encadenada como se le hace a los perros guardianes durante el día.
   Se aproximó a ella con cierto recelo, llevaba el libro en la mano. La chica le miró aterrorizada con los ojos fuera de órbita. Cuando Kristen avanzó un poco más, la salvaje seguía temblando a la espera de que tras ella viniera su captor. Al percatarse…
   –No temas. Estoy sola… –pero la salvaje intentaba retroceder entre sollozos, alejándose–. No temas, de verdad. No voy a hacerte dañ…
   En ese momento se puso a gritar. Kristen retrocedió alarmada mientras veía el rostro de la salvaje mudar de color. Sus chillidos eran los más aterradores que hubiera escuchado en su vida. No sabía qué hacer y se decidió a alejarse intentando que el escándalo tocara su fin, pero no lo consiguió. La chica continuó gritando como si la estuvieran matando mucho después incluso de que se retirara escaleras arriba.

   Til se quitó las botas en la puerta. Utilizó su llave para colarse en la mansión sin despertar a nadie. Odiaba los interrogatorios de la gente, por eso nadie osaba preguntarle nunca nada. Nadie salvo Kristen, que podía hacer siempre lo que quisiera.
   Caminaba despacio intentando pasarle desapercibido cuando, para su sorpresa, fue él quien la vio atravesar la sala sigilosa. La siguió. Bajaba a los calabozos con un libro. ¿Qué demonios iba a hacer?...
   Mientras hablaba con la salvaje, desde la zona más oscura de los calabozos, Til las observaba llevándose un dedo a los labios, utilizando un lenguaje universal con la salvaje. La presa fue lista y aunque no calló, gritó espantando a su querida prima mientras los dientes de Til refulgían entre las sombras con una temible sonrisa.

sábado, 1 de diciembre de 2012

Día cinco. Mimi Alonso.





ALGUIEN SE MANCHA LA ROPA.

Aquella noche Lord Til tenía algo que celebrar. Las cocinas de aquella casa no podían satisfacer el hambre que sentía en ninguna de sus vertientes.
No solamente había atrapado una salvaje, también Kristen cedía al fin. Casi más que la captura era eso lo que ansiaba celebrar. Seguían sin noticias de Julien y ella, la sempiterna altanera, daba su brazo a torcer ante él, ni más ni menos. Til sabía que Kristen hubiera preferido amputarse la mano derecha a confesar que él tenía razón en algo.
Las calles de Ventia estaban desiertas a esa hora. La mugre se había trasladado a algún lugar oculto a ojos de la ley. Así debía ser siempre, pero el dichoso Julien decidió que no lo fuera. Con su filosofía de universidad prestigiosa quiso erradicar el toque de queda tan necesario para que en lugares como aquel se mantuvieran el orden y control del que tanto alardeaba en las misivas a Leston. Pero en Leston no tenían ni la menor idea de lo que realmente se estaba cociendo en la colonia. La vulgaridad caminaba a zancadas cortas por las calles, los comercios traficaban con mercancías que el mismo Julien hizo constar en un listado de prohibiciones, y lo que era aún más indignante, Julien lo sabía pero hacía caso omiso de aquella irregularidades excusándose en que si lo prohibían todo, aquello no sería una colonia sino más bien una cárcel.
Por supuesto, Julien. Da manga suelta al pueblo, hazles creer que realmente eres tan idiota como piensan y ten fe en que por obra y gracia de algún dios pagano, el pueblo te obedezca, pensaba Til entreteniéndose en su paseo por la calle principal.
Giró una esquina internándose en un callejón oscuro. Estaba convencido que Julien en su vida había puesto un pie en aquella zona de Ventia. Con el puño cerrado llamó un par de veces a una ruinosa puerta de madera que se abrió al poco, dejándole entrar al clandestino lugar.

En Ventia no había tabernas. La taberna como tal era catalogada de mal gusto por cualquiera que deseara ostentar un alto cargo entre las filas de la reina, pero lo cierto era que de un modo singular, cualquier caballero de alta cuna podía encontrarlas sin dificultad. Julien, el muy idiota, todavía pensaba que su colonia era la excepción.
Los nocturnos clientes levantaron la vista de sus jarras con la apertura de puerta, pero acto seguido volvieron a bajarla. Lord Til era un cliente casi tan habitual como ellos. La camarera, una vieja fea con las manos más callosas que las de un guerrero, se acercó a él. Siempre que Til visitaba la taberna, la mujer parecía mudar sus modales de marinero por una ridícula interpretación de dama de corte.
–Buenas noches, caballero –colocó los mechones ralos que escapaban bajo el pañuelo mugriento–. ¿Qué desea tomar hoy nuestro señor?
–No a ti, desde luego. Tomaré una cerveza.
–Sois la mar de ingenioso, mi señor. En seguida os la traigo –dijo la mujer alejándose haciéndole un guiño.
Til todavía se preguntaba qué debía hacer para que aquella furcia gorda dejara de producirle nauseas en cada visita, cuando alguien le tocó el hombro.
–Yo sé lo que pretendéis todos –un borracho al que reconoció por verle un par de veces en el puerto se colgó de su brazo. Propinó un golpe en el pecho al viejo haciendo que su fétido aliento y él, cayeran al suelo estrepitosamente. La taberna quedó en silencio–. Vosotros lo que queréis es quedaros con el aumirio, con todo el aumirio y vendérselo a los Renzos –decía el viejo mientras reía todavía en el suelo–. Yo los he visto trapichear en el puerto. Estos, estos bastardos se creen que somos idiotas, se creen que pueden...
–Yo de ti cerraría la boca –amenazó Til.
–Se creen que pueden engañarnos. Pero yo soy perro viejo –dijo el anciano poniéndose en pié entre tambaleos–, a mí no puedes engañarme, bastardo –escupió en su cara.
Til echó mano de su espada.
–¡Mi señor! –El dueño de la taberna corrió hacia él–. Es un viejo borracho y mentiroso. No vale la pena que os manchéis las manos con él.
–No voy a mancharme las manos, lo hará quien le lave la camisa –dijo Til atravesando el pecho del anciano sin mayor dificultad.
Todos los ojos que allí habían regresaron a las jarras de cerveza en silencio sepulcral.
–¡Oh dios mío! –El dueño de la taberna intentó socorrer al viejo borracho que agonizaba en la tarima.
–¡No! –Dijo Til señalando también su pecho con la espada mientras el anciano salpicaba ráfagas de sangre por la boca–. Así se acabarán sus locuras. Quién sabe qué más os habrá hecho creer este pescado podrido...
La señora gorda que había sido testigo de la escena se quedó congelada con la jarra de cerveza entre las manos. Til le hizo una señal para que se la acercara. Con total calma, como si tras su taburete no hubiera un hombre clamando por una muerte rápido, tomó su bebida, eructó, dejó libre su asiento para aproximarse al agonizante anciano. Secó su espada en su camisa y volvió a colgarla del cinturón. Le pisó el pecho mientras se dirigía a la salida.

Cierto era que Ventia tenía algo que a Leston le faltaba. Había pocos lugares en el mundo donde el cielo se viera tan estrellado.
Mientras regresaba a la casa pensó en Kristen. Era una lástima que fuera tan estrecha. Tras los acontecimientos transcurridos a lo largo del día, lo que más le apetecía era follársela hasta que se le cayera la polla.

lunes, 5 de noviembre de 2012

Día cuatro. Mimi Alonso


LA BOLSA PERDIDA

–¿Y qué llevabas en la bolsa?
–Dinero, bastante dinero –dijo Graham a Til.
No estaría bien reírse de él con la boca abierta, perdiendo el compás de la respiración, exagerada y atropelladamente, pero lo haría. Las carcajadas de Lord Til resonaron por la mansión mientras Graham, el inmaculado, sentía la vergüenza caer con cada sonrisa floja del resto, uniéndose al estallido del noble.

Abandonó la mansión con paso presuroso, como si aquellas carcajadas tuvieran la facultad de colgarle un cartel donde se leía un firme “Idiota”. Graham no se merecía que lejos de Leston continuaran pasándole aquellas cosas. Siempre que se pensaba vencedor de cualquier gesta, ocurría algo que le hacía quedar a la altura del betún. Claro que esas cosas no eran en parte sólo culpa suya. Los demás se mofaban de él aunque él siempre pensaba que lo hacían por envidia. Era un caballero capaz, fuerte y joven, apuesto y galante. Cualquier mujer preferiría morir antes que yacer con uno de aquellos cerdos que el país tenía entre sus filas, todos demacrados, oliendo a cuadra, sin dientes, viejos… Todos menos Til. Claro que las mujeres también preferirían estar muertas a yacer con él.
Cuando llegó a las cuadras, el sol se había puesto. Montó en su caballo. 

Incluso a ojos de un hombre, Lord Til resultaba irresistible. El propio Graham en plena  campaña militar, llevando meses lejos del hogar, comenzó a sentir una atracción peligrosa. Por eso al regresar de la Batalla de las Estepas, pidió que lo mandaran a Ventia. Pero eso jamás lo confesaría, antes prefería estar muerto que decir abiertamente cuál fue el motivo por el que pidió ser trasladado.

Comenzó a cabalgar en cuanto se vio lejos de las murallas. Iba a regresar con la bolsa que había perdido, y cuando la tuviera en la mano bien sujeta, se la mostraría. Así quizá se le borraría de la cara aquella sonrisa altanera.

–¿Dónde la habéis encontrado? –Preguntó Kristen.
–Muy próxima a la frontera –Til dio un trago largo al té, directamente de la tetera–. Manda que me traigan cerveza, estas hierbas son repulsivas.
Kristen llamó a Claire ordenando una jarra fría. Poco después la criada la dejaba sobre la mesa junto a dos copas. Se disponía a servirlas cuando Til se puso en pié para hacerlo él mismo.
–¿Se sabe algo de Julien?
–No, todavía no –respondió sintiendo una punzada de impotencia y miedo.
–Esos malditos salvajes se están moviendo –dijo Til cediéndole una de las jarras llenas hasta el borde–. Odio tener que coincidir que con los hombres de tu esposo, pero tenemos que hacer algo.
–¿Realmente lo crees? –Durante la expedición, Kristen se planteó seriamente hacerlo, pero estaba decidida a resistirse a la idea hasta que Til lo aconsejara. Podía ser muchas cosas pero si seguía sus consejos, sabía que Ventia sólo saldría beneficiada.
–Lo creo.
–Entonces movilizaremos a los soldados –dijo contundente.

Til llenó la otra copa y bebió la mitad de un trago mientras observaba curioso a su prima política.

–No sé si he perdido el juicio pero ¿te he escuchado aceptar mi consejo? ¿Estás dispuesta a ponerlo en práctica?
–Sí –dijo ella con mirada sombría. Odiaba darle la razón precisamente a él.
–Eso es muy interesante. Pensé que Lady Kristen jamás aceptaría nada mío, pero me alegra saber que las cosas pueden estar cambiando... –sonrió desnudándola con la mirada.
–La necesidad provoca el cambio, eso es todo. Sólo estamos hablando de la guerra, del Aumirio; nada más. No enredes mis palabras.
–No lo hago, prima.
–No soy tu prima.
–Sí a efectos prácticos.
–Til, por favor, ya basta –pidió Kristen echándose las manos a la cabeza. No podía soportarlo cuando se comportaba así, cuando la desarmaba y era consciente de que la gran mujer de alta cuna estaba en realidad desnuda y desvalida frente a él.
–Mandaré que se reúnan todos los hombres capaces de Ventia. Partiremos en unas semanas y regresaremos con carros cargados de Aumirio. Tu maridito estará orgulloso de ti, prima –dijo tomándola del mentón.
–No me toques –Kristen lo apartó de un manotazo.
–De acuerdo, esperaré a que me lo supliques para volver a hacerlo...



Ahí queda mi parte. Pelota en tu tejado, Migue.

lunes, 15 de octubre de 2012

Día tres. Mimi Alonso.






UN PASEO A CABALLO



Ciertamente el incidente del vino había sido inquietante. Ni por un momento Kristen sospechó que tuviera enemigos dentro de los muros de Ventia «¡qué digo! ¡dentro de mi propia casa!». Habían intentado envenenarla con ácido. Un gesto particularmente curioso puesto que esa era la forma que tenía Lord Julien para librarse de sus enemigos.

   «Traidores… Si supieran que siguen vivos gracias a mí…» pensó esgrimiendo una sonrisa torcida mientras se sumergía en la bañera llena de agua, leche y aceites, que le había preparado su fiel Claire. Todavía quemaba pese a que sólo entró en el baño cuando ya los exploradores se habían marchado de la ciudad.

   –¿Lord Til, no vamos a detenernos para descansar?
   –¿Qué eres, una niña o un hombre de Ventia? –Preguntó jactancioso.
Sólo llevaban tres horas cabalgando. El grupo de exploradores estaba compuesto por menos hombres válidos de los que le gustaría, todos aquellos sacos de carne se habían convertido en perezosos despojos con sólo vivir seis meses en la colonia. Til no pensaba darles descanso hasta que les sangraran los traseros.
   –No te preocupes Jeogre, ya casi hemos llegado –dijo Graham lanzando al Lord una sonrisa desafiante desde su caballo.

   Graham era el único que sobreviviría si se daba un combate cuerpo a cuerpo contra los salvajes. Ya habían peleado juntos en las legendarias batallas por la independencia de Leston. Ganó medallas, ganó honores, los niños se le acercaban por la calle, las mujeres se rendían a sus pies… Y entonces, cuando nada podía irle mejor, le enviaron a Ventia. En cuanto Til se enteró, supo que lo enviaban para hacerle llegar la muerte que tantas amistades no podían brindarle en Leston, pero Graham estaba lejos de compartir su visión. Él pensaba que le habían mandado allí para inspirar a los hombres, guiarlos en los conflictos que surgieran a la búsqueda del aumirio, sirviendo a Leston y haciendo valer sus leyes en tierras extranjeras.

   –Esperad mi regreso –ordenó Til al grupo de jinetes. Estaban próximos a la frontera, si la pasaban con las monturas alertarían a los salvajes poniéndose innecesariamente en peligro.
   –Estás loco. ¿Piensas adentrarte solo en territorio enemigo? –Se opuso Graham, pero Til no respondió. Espoleó su caballo y trotó en dirección al frondoso bosque donde acababa Ventia y la cosa comenzaba a ponerse realmente interesante.

   Sólo veinte minutos después tuvo que esconderse tras unas rocas al escucha voces cercanas. No pensó que los salvajes osaran acercarse tanto a la línea divisoria; encontrarlos tan despreocupados le enfureció. Una chica y un guerrero discutían acaloradamente en su repugnante idioma. Era una oportunidad perfecta para capturar un salvaje. Los hombres de Ventia nunca habían visto a ninguno separarse de su grupo.

   Sacó su revólver de la funda y apuntó con precisión a la muchacha. Los capturaría a ambos si le disparaba a ella; los salvajes jamás abandonaban a los suyos frente al enemigo. La partida de caza comenzaba y aquellos eran buenos especímenes. Quizá tras llevarlos a Ventia e interrogarlos, le ofrendaría a Lady Kristen sus cabezas para colgarlas en su dormitorio.

   Dos disparos prácticamente seguidos alertaron a los exploradores. Graham, tras discutir con un par de hombres que se negaron a abandonar su segura posición, montó en el caballo dispuesto a auxiliar a su compañero. Se adentraba en el bosque recorriendo el sendero que le pareció más despejado cuando vio dos figuras que caminaban en su dirección.

   Til regresaba y lo hacía con una muchacha. Le había atado las manos y tiraba de ella con ímpetu mientras la chica dejaba tras de sí una estrecha hilera de sangre.

   –¿Ya están de vuelta? –Sorprendida, Kristen dejó el bordador en la mesita junto a su taza de té y siguió a la criada escaleras abajo.

   Los exploradores aguardaban en la recepción con sus sombreros respetuosamente sujetos en las manos. Uno de ellos la dirigió al sótano donde Lord Julien había ordenado construir las celdas para ilustres prisioneros. El marido de Kristen estaba convencido de que estando en su propia casa, era mucho más difícil que las personalidades que allí hospedadas, escaparan con facilidad. Ella odiaba tener aquellas celdas bajo sus pies, odiaba escuchar los gritos alcanzando su dormitorio por las noches. 

   –¿Pero qué es esto? –Preguntó Kristen–. ¡Haz el favor de parar ya! –Pidió horrorizada viendo a Til descargar un nuevo latigazo en la espalda de la chica, que se encogía gritando de dolor en un rincón.
   –Levántate y presenta tus respetos –pidió Til amablemente con el látigo todavía ardiendo en su mano, Kristen sintió escalofríos viendo sus ojos brillar excitados por el miedo de la muchacha–. ¡Levántate y saluda a Lady Kristen! –La salvaje se apoyó en una cañería dorada intentando temblorosa ponerse en pie–. ¡Levántate! –Gritó dando zancadas hacia ella con la mano levantada.
   –¡Te he dicho que pares! –Le ordenó Kristen interponiéndose entre los dos. Al instante Til dejó caer la mano. 
   –Es basura.
   –Es una chiquilla –repuso ella furiosa, se volvió hacia la salvaje siendo consciente de la mancha de sangre que había quedado en la tubería–. ¿Me entiendes? ¿Entiendes mi idioma? –Preguntó sintiendo lástima por primera vez al ver el miedo en los ojos de un salvaje.