sábado, 26 de enero de 2013
Día nueve. Mimi Alonso
APARECE UN NUEVO PERSONAJE
En menos de veinticuatro horas, Kristen se convirtió en la viuda más joven de Ventia. Pese a su alegría inicial no le costó demasiado trabajo mostrarse afectada por las noticias recientes, no por la muerte de su esposo, sino por la falta de su criada. Cuando bajó las escaleras y vio la gravedad reflejada en los rostros de su corte Ventiana, sintió culpa al pensar que el hombre que los lideraba a todos había muerto y ella no sentía el mínimo dolor al respecto.
Siguiendo la marcha fúnebre hasta el escueto cementerio, le costó mantener las formas. Amén de lo obvio, lo único que empañaba aquella repentina sensación de libertad era saber que los flanqueantes hombres partirían a la guerra tan pronto como terminaran los actos por la memoria de su esposo.
–Sé valiente, Kristen –decían mientras Til la guiaba del brazo.–Sígueme –comentó ya de regreso a casa tras la ceremonia.
Subieron las escaleras de vuelta a su habitación. Por primera vez en su vida Til se sentía acongojado sólo con pensar en el estado mental de su prima. Aquellos ojos llorosos flagelaban su alma, pero el detectar atisbos de calma en ella le descomponía; no lograba entenderla. Aún así su instinto le obligaba a hacer cosas que nunca habría pensado de sí mismo.
–Yo te protegeré –dijo ridículamente cuando estuvieron a solas.
–Te lo agradezco, pero no será necesario.
–Eres muy valiente, y hermosa…
–¿Cómo?
–Eres muy hermosa, Kristen –dijo acariciando su mejilla mientras con lentitud se aproximaba a aquel cuerpo de pájaro que le desconcertaba. Su cintura se dejó rodear por unos dedos que habían bailado el cuerpo de centenares de mujeres, pero sólo al aproximarse al suyo temblaron.
–¿Qué haces, Til? –Preguntó con los labios entreabiertos–. No… –gimió–, para…
Pero Til ya se aproximaba con sus labios perfectos y los ojos ardiendo de deseo contenido tanto tiempo.
–Kristen…
–¡Para! –Dijo ella alejándose de su primo político visiblemente confusa. ¿Qué había estado a punto de ocurrir? Le dio la espalda mientras tomaba aire atropelladamente. Su corazón quería dejarse notar por encima del entallado corsé cuando llamaron a la puerta.
–No respondas –pidió Til.
–Adelante.
–Lady Kristen –saludó una de las criadas con gesto grave–, acaba de llegar un caballero preguntando por usted.
–¿Quién es?
–No ha dicho su nombre.
–En seguida voy –anunció echando una rápida ojeada al cuerpo de su primo, en tensión, que seguía clavado en el suelo deldormitorio, para desaparecer escaleras abajo.
–¿Lady Kristen? –Un hombre de melena rubia y blanca dentadura aguardaba al pié.
–Sí.
–Mi nombre es Konrad Arievdouth.
–…
–He sido enviado desde Leston para encargarme de la regencia de Ventia hasta que se nombre a un nuevo embajador.
sábado, 12 de enero de 2013
Día ocho. Mimi Alonso.
HAY UN NACIMIENTO
Durante todo aquel tiempo se preguntó
qué haría si le llegaba la terrible noticia. Si Julien estaba
muerto ella poco tenía que hacer en Ventia. Seguramente la llevarían
de regreso a Leston en un pestañeo, y debía reconocer que sin
Claire por allí, ni su esposo, la idea no le resultaba del todo
desagradable. Al menos tendría compañía, pensaba caminando sin
rumbo, sin su sombra, que aguardaba en el ataúd del salón comedor
para recibir una digna sepultura.
No había hablado con nadie desde la
noche anterior, cuando Til la acompañó a su dormitorio y acunó
prácticamente hasta que se quedó dormida. Le había agradado su
comportamiento de aquellos días. Si fuera así más veces, con más
muchachas ante todo, sería padre de familia desde hacía años. Pero
Til, pese a la ternura que había mostrado, continuaba siendo un
peligro que valía más tener a la vista que a la espalda.
Dieron unos fuertes golpes a la puerta
del dormitorio. Kristen se vio sorprendida. Había rogado
encarecidamente que nadie la molestara hasta la hora del entierro.
Deseaba estar a solas para llorar a su queridísima Claire.
Como si la hubiera adivinado pensando
en él, Til abrió la puerta tras escucharla dar su permiso para
entrar.
-Kristen...
-¿Qué quieres, Til? Te pedí por
favor que nadie me molestara hasta la hora del...
-Han llegado noticias de Julien -dijo
con voz grave. Ella sintió un nudo en el estómago.
-¿Qué ocurre?
-Ha... -la miró intentando demostrar
toda la aflicción posible-. Lo siento mucho, muchísimo.
-¿Qué?
-Ha caído en manos de los salvajes,
Kristen.
-¿Está muerto? -Til asintió con
gesto grave-. ¡Oh Dios mío! -Gritó ella antes notar que sus
piernas se volvían de manteca y ver el suelo aproximándose
lentamente hacia su cabeza.
Cuando despertó su primo seguía allí,
mirándola con aquella expresión afligida.
-Dime que no es cierto -rogó ella con
seriedad.
-Lamentablemente lo es, querida.
-...
-Lo siento de veras. En dos días te he
traído las dos peores noticias que una persona puede recibir... Ni
siquiera hemos enterrado todavía a tu madre cuando ya hay que
preparar otro funeral...
-¿Qué hora es?
-Casi las cinco.
-¡Debemos darnos prisa! ¡Hay que
acompañar a Claire en su viaje al otro mundo!
-Claro, por supuesto... -Respondió él
con extrañeza. Acababa de decirle que su marido había muerto y sólo
se preocupaba de la criada...
Til lo achacó a que no la había
escuchado, o estaba intentando no escucharle para mantener la
cordura. Aquellas dos noticias podían acabar con al vida de
cualquiera. Pero Til no sabía qué ocurría en realidad...
Kristen no sentía ningún afecto por
su esposo. Es más, lo consideraba grosero, un anciano, era patético,
mientras ella debía resignarse a vivir una vida de cortesana
prácticamente estado a su lado. La noticia de la muerte de Julien no
podía ser recibida de mejor modo: se veía renacer, volvía a ser
libre.
Puede que no tardara más de una semana
en ser reclamada por su ciudad y regresar allí, a un lugar tranquilo
donde sentirse a salvo. Kristen iba a renacer lejos de las garras de
aquel esposo detestable y tan sumamente estúpido que le había
raptado de entre los brazos de su madre, de su familia para obligarla
a estar en aquella ruina, todo por dinero.
Ahora me lo quedaré todo y volveré a
Leston. Viviré bien gracias a ti, estúpido pedante.
-Siento decírtelo ahora, pero la
situación con los salvajes y el aumirio se ha vuelto insostenible.
Debemos partir a la guerra, hacer justicia y quedarnos con el
aumirio.
El día que retomes el proyecto, Miguel, voy a hacer sonar las campanas...
Vaya tela.
sábado, 29 de diciembre de 2012
Día siete. Mimi Alonso.
ALGUIEN MUERE
Aquella mañana la brisa
salada le salió al paso. El puerto era un hervidero de barcos
tripulados por indigentes y mugrientas alimañas descargando un
pescado que olía casi tan mal como ellos mismos.
El gigantesco rubio no
pasaba desapercibido entre los medianos colonos de Ventia, con sus
cabellos rojizos y la firme sensación de que aproximarse a alguien
como él era un grave error. No costaba reconocerlo en la ciudad ni
en ninguna parte. Estaba cansado de decirle a los estúpidos de
Renzos que no enviaran a esos tipos para hacer negocios.
En cuanto lo divisó
caminando por los tablones que formaban el paseo, aquella mole
amarilla tuvo la delicadeza de echarse a un lado separándose del
grueso de marinos. Til caminó hasta alcanzarle. Cuando estuvieron
junto a unas mujeres andrajosas, lo suficientemente separados de
aquellos malolientes con tendencia a vender la información que
escuchaban, se dieron la mano.
–¿Qué coméis en tu
tierra, rocas? –Preguntó Til haciendo un par de movimientos con la
mano para que se fuera el dolor del apretón.
–¿Qué pasa con el
aumirrio? –Til sonrió. Los renzonianos no se andaban con rodeos.
–Estamos a punto de
explotar un yacimiento.
–Mi pueblo necesitar
ya el aumirrio.
–También el mío,
amigo.
–Dijiste que llevarría
aumirrio hoy.
–Pues no va a poder
ser. Llegaremos al yacimiento la semana próxima –respondió
desafiante. El nórdico se estalló los nudillos con la mandíbula
tensa.
–No mi imporrta cómo,
llevarré aumirrio pasado mañana. Tienes hasta entonses parra
conseguirrlo –dijo amenazante.
Acto seguido se dio la
vuelta y desapareció por el camino de tablones que crujieron bajo
sus más de ciento veinte kilos.
Til lo siguió con la
mirada. Sabía que tenía un problema, lo sabía perfectamente.
Aquellos monstruos rubios estaban por civilizar igual que sus métodos
para hacer cumplir los tratos. No usaban las amenazas, los que les
fallaban a penas tenía tiempo de dar dos pasos con un hacha
incrustada en la cabeza.
La pescadera del puesto
próximo, a sólo unos pasos de su posición, mostraba un reluciente
salmón a sus clientas. La piel del pez brillaba al sol. Til miró
las agallas de la mercancía recién sacada de los barcos. Algunos
peces todavía estaban asfixiándose, abrían y cerraban la boca con
insistencia fuera de su elemento. Por primera vez sintió lástima de
aquellos absurdos animales que se dejaban cazar de forma tan
estúpida. Sin duda merecían ese final, aquella asfixia agónica que
se prolongaría durante horas. Eso merecían por imbéciles.
–A mí ponme la cola.
–Yo quiero la cabeza
–dijo otra clienta metiendo la mano en su cesta de mimbre al
encuentro de monedas.
En un abrir y cerrar de
ojos el salmón estaba troceado y su sangre manchaba la boca de los
otros peces, todavía vivos.
–¿Te pongo lo de
siempre, Claire? ¿Lenguados frescos para la señora y rape para ti?
¿Claire?
Til se volvió en el
acto. Allí estaba, la vieja sirvienta de Kristen mirándole con
aquellos ojos incisivos, acusadores.
–Sí, Brigitte, lo de
siempre.
–Por supuesto –dijo
la pescadera levantando el cuchillo para terminar con la agonía de
los peces entre salpicaduras de sangre y agua.
–Kristen, lo lamento
muchísimo.
–¡Pero no es posible!
–Exclamó hecha un mar de lágrimas–. ¿Cómo ha podido suceder
algo tan terrible? Mi pobrecita Claire, mi querida... –No pudo
continuar hablando. Til la abrazó acongojado por su tristeza.
Agradeció que estuviera allí, que hubiera hecho todo lo posible
para salvar a su querida nana de aquel carruaje descontrolado.
–No llores más, por
favor.
–Es que no puedo
evitarlo. No sabes lo que esa mujer significaba para mí. Llevaba
toda la vida a su cuidado, ella me crió, era como mi abuela, mi
madre... –dijo reenganchando el llanto.
–Tranquila, Kristen,
tranquila... –Susurró consolador–. El destino es cruel. No
importa lo bueno o malo que hayamos hecho en nuestras vidas. De
pronto todo acaba y eso debería consolarnos. Piensa que no ha
sufrido, se ha ido rápidamente, sin rastro de enfermedad.
–No puedo creer que no
vaya a volver a verla. ¿Por qué le ha pasado a ella, precisamente?
–No lo sé, querida
–dijo Til frunciendo los labios, fingiéndose afligido–. Supongo
que estaba en el peor de los lugares en el peor de los momentos.
–No es justo. Esto No
Es Justo.
–Lo sé primita, lo
sé...
Esperó con ella que el
cuerpo de la criada fuera llevado a la casa para prepararlo antes del
funeral. Sujetó su mano, cedió su pañuelo e incluso recibió su
cabeza apoyada en el hombro y aquellas lágrimas que le calaban la
camisa mientras recordaba la expresión de terror en el rostro de la
anciana, pero sobre todo sus ojos en el momento previo a que la
empujara contra el coche mientras ambos recorrían un estrecho
callejón de regreso a casa.
La media noche los
alcanzó de cuerpo presente. La improvisada capilla que Kristen mandó
instalar en el comedor principal de la mansión, hizo las veces de
velatorio para su nana.
–Gracias Til, por
quedarte a mi lado y compartir mi dolor ahora que Julien parece
haberse esfumado de la faz de la tierra –dijo Kristen sollozando.
–No puedo decir que
sea un placer Kristen, pero aquí me tendrás siempre para lo que
necesites –respondió en su mejor actuación–. Deberías
retirarte a descansar.
–Debería ser yo la
muerta, no ella.
–No digas eso –rogó
Til besando el dorso de su mano mientras ella volvía a deshacerse en
sollozos–. Vamos, te acompañaré a tu dormitorio. Ya no podemos
hacer nada por ella, de poco sirve que tú enfermes de puro
agotamiento.
La siguió por las
escaleras pensando que jamás había visto a alguien llorar tantas
horas seguidas, debía resultar agotador. Y todo por una criada, una
vieja que cualquier día habría aparecido tiesa en su cama.
–Eres el único que me
queda, y ni siquiera nos llevábamos bien –dijo Kristen con una
sonrisa triste mientras él le ayudaba a quitarse las delicadas botas
de encaje.
–¿No nos llevábamos
bien? –Preguntó sonriéndole arrodillado, todavía sostenía su
pie desnudo entre las manos–. Eso no es cierto, siempre he estado
aquí para ti -respondió adulador.
–Nunca pensé que
fueras capaz de mostrarte tan atento y encantador en una situación
como esta. Eres un auténtico amigo –le dijo sonriendo con
tristeza, agotada.
–Lo soy –respondió
él cubriéndola con una manta de gruesa lana blanca–. Intenta
descansar ¿de acuerdo?
Mientras salía de la
habitación echando un vistazo atrás a todo lo que había sucedido
en el día, Til no podía dejar de pensar en algo que le martirizaba,
algo que no supo hasta el momento en que dejó a Kristen tapada con
aquella manta, destrozada sobre la cama: cada vez que mataba sentía
una imperiosa necesidad de follársela, y por un motivo u otro, nunca
acababa haciéndolo.
***
A ver si Miguel se pone las pilas, que vaya tela, llevo ya más de un mes dándolo todo yo sola ¬¬
sábado, 15 de diciembre de 2012
Día seis. Mimi Alonso
ENCUENTRAN UN LIBRO
–Bueno, sí, ¿y qué pasa? ¿qué puede hacer?
–Puede desencadenar una guerra.
–Puede desencadenar una guerra.
Kristen meditó las palabras de Claire. Muchas veces se pasan por alto las opiniones del servicio en una casa señorial, cuando son ellos precisamente las presencias invisibles que convergen en cada habitación, los espíritus que sirven el té, escuchan y callan con la vista baja. Tanto Kristen como Claire sabían de la doble función de la criada–espía, pero Kristen estaba tranquila al respecto, Claire nunca la traicionaría.
–Niña, deberías bajar y hablar con ella. Muchos comprenden nuestro idioma, pero hay otros que sí. Quizá si te muestras amable acabe por cooperar contigo y con Ventia.
–¿Tú crees?
–Por supuesto. Baja y llévale esto –dijo Claire sacando de su delantal papeles arrugados que en algún momento fueron un libro.
–¿Qué es?
–La biblia, por supuesto. Llévatela contigo, deja que la vea y decida por sí misma si quiere ayudarte o no.
–¿Crees que lo hará?
–Creo que se mostrará más atenta a tus preguntas que a las de tu primo Til.
–Julien ya debería estar de regreso. Es él quien tendría que ocuparse de este asunto, no yo –dijo Kristen afectada. Nadie sabía de su paradero desde hacía semanas. Parecía como si el mar lo hubiera tragado sin sin darle tiempo a despedidas, pero no era así: el barco salió de Leston.
–¿Tú crees?
–Por supuesto. Baja y llévale esto –dijo Claire sacando de su delantal papeles arrugados que en algún momento fueron un libro.
–¿Qué es?
–La biblia, por supuesto. Llévatela contigo, deja que la vea y decida por sí misma si quiere ayudarte o no.
–¿Crees que lo hará?
–Creo que se mostrará más atenta a tus preguntas que a las de tu primo Til.
–Julien ya debería estar de regreso. Es él quien tendría que ocuparse de este asunto, no yo –dijo Kristen afectada. Nadie sabía de su paradero desde hacía semanas. Parecía como si el mar lo hubiera tragado sin sin darle tiempo a despedidas, pero no era así: el barco salió de Leston.
Carraspeó un par de veces intentando absorber las lágrimas que amenazaban con caer rodando escandalosamente por sus mejillas. No era el momento de mostrarse débil, debía ser consorte, debía ser Mujer de Leston: Mujer de Ventia. Claire acarició sus mejillas antes de invitarla con un gesto a tomar la puerta.
Jamás le gustaron los calabozos, jamás pisaba aquella parte de la casa. Nunca salvo en casos como aquel, de necesidad extrema. La chica continuaba con los grilletes puestos, encadenada como se le hace a los perros guardianes durante el día.
Se aproximó a ella con cierto recelo, llevaba el libro en la mano. La chica le miró aterrorizada con los ojos fuera de órbita. Cuando Kristen avanzó un poco más, la salvaje seguía temblando a la espera de que tras ella viniera su captor. Al percatarse…
Jamás le gustaron los calabozos, jamás pisaba aquella parte de la casa. Nunca salvo en casos como aquel, de necesidad extrema. La chica continuaba con los grilletes puestos, encadenada como se le hace a los perros guardianes durante el día.
Se aproximó a ella con cierto recelo, llevaba el libro en la mano. La chica le miró aterrorizada con los ojos fuera de órbita. Cuando Kristen avanzó un poco más, la salvaje seguía temblando a la espera de que tras ella viniera su captor. Al percatarse…
–No temas. Estoy sola… –pero la salvaje intentaba retroceder entre sollozos, alejándose–. No temas, de verdad. No voy a hacerte dañ…
En ese momento se puso a gritar. Kristen retrocedió alarmada mientras veía el rostro de la salvaje mudar de color. Sus chillidos eran los más aterradores que hubiera escuchado en su vida. No sabía qué hacer y se decidió a alejarse intentando que el escándalo tocara su fin, pero no lo consiguió. La chica continuó gritando como si la estuvieran matando mucho después incluso de que se retirara escaleras arriba. Til se quitó las botas en la puerta. Utilizó su llave para colarse en la mansión sin despertar a nadie. Odiaba los interrogatorios de la gente, por eso nadie osaba preguntarle nunca nada. Nadie salvo Kristen, que podía hacer siempre lo que quisiera.
Caminaba despacio intentando pasarle desapercibido cuando, para su sorpresa, fue él quien la vio atravesar la sala sigilosa. La siguió. Bajaba a los calabozos con un libro. ¿Qué demonios iba a hacer?...
Mientras hablaba con la salvaje, desde la zona más oscura de los calabozos, Til las observaba llevándose un dedo a los labios, utilizando un lenguaje universal con la salvaje. La presa fue lista y aunque no calló, gritó espantando a su querida prima mientras los dientes de Til refulgían entre las sombras con una temible sonrisa.
sábado, 1 de diciembre de 2012
Día cinco. Mimi Alonso.
ALGUIEN SE MANCHA LA ROPA.
Aquella
noche Lord Til tenía algo que celebrar. Las cocinas de aquella casa
no podían satisfacer el hambre que sentía en ninguna de sus
vertientes.
No
solamente había atrapado una salvaje, también Kristen cedía al
fin. Casi más que la captura era eso lo que ansiaba celebrar.
Seguían sin noticias de Julien y ella, la sempiterna altanera, daba
su brazo a torcer ante él, ni más ni menos. Til sabía que Kristen
hubiera preferido amputarse la mano derecha a confesar que él tenía
razón en algo.
Las
calles de Ventia estaban desiertas a esa hora. La mugre se había
trasladado a algún lugar oculto a ojos de la ley. Así debía ser
siempre, pero el dichoso Julien decidió que no lo fuera. Con su
filosofía de universidad prestigiosa quiso erradicar el toque de
queda tan necesario para que en lugares como aquel se mantuvieran el
orden y control del que tanto alardeaba en las misivas a Leston. Pero
en Leston no tenían ni la menor idea de lo que realmente se estaba
cociendo en la colonia. La vulgaridad caminaba a zancadas cortas por
las calles, los comercios traficaban con mercancías que el mismo
Julien hizo constar en un listado de prohibiciones, y lo que era aún
más indignante, Julien lo sabía pero hacía caso omiso de aquella
irregularidades excusándose en que si lo prohibían todo, aquello no
sería una colonia sino más bien una cárcel.
Por
supuesto, Julien. Da manga suelta al pueblo, hazles creer que
realmente eres tan idiota como piensan y ten fe en que por obra y
gracia de algún dios pagano, el pueblo te obedezca,
pensaba Til entreteniéndose en su paseo por la calle principal.
Giró
una esquina internándose en un callejón oscuro. Estaba convencido
que Julien en su vida había puesto un pie en aquella zona de Ventia.
Con el puño cerrado llamó un par de veces a una ruinosa puerta de
madera que se abrió al poco, dejándole entrar al clandestino lugar.
En
Ventia no había tabernas. La taberna como tal era catalogada de mal
gusto por cualquiera que deseara ostentar un alto cargo entre las
filas de la reina, pero lo cierto era que de un modo singular,
cualquier caballero de alta cuna podía encontrarlas sin dificultad.
Julien, el muy idiota, todavía pensaba que su colonia era la
excepción.
Los
nocturnos clientes levantaron la vista de sus jarras con la apertura
de puerta, pero acto seguido volvieron a bajarla. Lord Til era un
cliente casi tan habitual como ellos. La camarera, una vieja fea con
las manos más callosas que las de un guerrero, se acercó a él.
Siempre que Til visitaba la taberna, la mujer parecía mudar sus
modales de marinero por una ridícula interpretación de dama de
corte.
–Buenas
noches, caballero –colocó los mechones ralos que escapaban bajo el
pañuelo mugriento–. ¿Qué desea tomar hoy nuestro señor?
–No
a ti, desde luego. Tomaré una cerveza.
–Sois
la mar de ingenioso, mi señor. En seguida os la traigo –dijo la
mujer alejándose haciéndole un guiño.
Til
todavía se preguntaba qué debía hacer para que aquella furcia
gorda dejara de producirle nauseas en cada visita, cuando alguien le
tocó el hombro.
–Yo
sé lo que pretendéis todos –un borracho al que reconoció por
verle un par de veces en el puerto se colgó de su brazo. Propinó un
golpe en el pecho al viejo haciendo que su fétido aliento y él,
cayeran al suelo estrepitosamente. La taberna quedó en silencio–.
Vosotros lo que queréis es quedaros con el aumirio, con todo el
aumirio y vendérselo a los Renzos –decía el viejo mientras reía
todavía en el suelo–. Yo los he visto trapichear en el puerto.
Estos, estos bastardos se creen que somos idiotas, se creen que
pueden...
–Yo
de ti cerraría la boca –amenazó Til.
–Se
creen que pueden engañarnos. Pero yo soy perro viejo –dijo el
anciano poniéndose en pié entre tambaleos–, a mí no puedes
engañarme, bastardo –escupió en su cara.
Til
echó mano de su espada.
–¡Mi
señor! –El dueño de la taberna corrió hacia él–. Es un viejo
borracho y mentiroso. No vale la pena que os manchéis las manos con
él.
–No
voy a mancharme las manos, lo hará quien le lave la camisa –dijo
Til atravesando el pecho del anciano sin mayor dificultad.
Todos
los ojos que allí habían regresaron a las jarras de cerveza en
silencio sepulcral.
–¡Oh
dios mío! –El dueño de la taberna intentó socorrer al viejo
borracho que agonizaba en la tarima.
–¡No!
–Dijo Til señalando también su pecho con la espada mientras el
anciano salpicaba ráfagas de sangre por la boca–. Así se acabarán
sus locuras. Quién sabe qué más os habrá hecho creer este pescado
podrido...
La
señora gorda que había sido testigo de la escena se quedó
congelada con la jarra de cerveza entre las manos. Til le hizo una
señal para que se la acercara. Con total calma, como si tras su
taburete no hubiera un hombre clamando por una muerte rápido, tomó
su bebida, eructó, dejó libre su asiento para aproximarse al
agonizante anciano. Secó su espada en su camisa y volvió a colgarla
del cinturón. Le pisó el pecho mientras se dirigía a la salida.
Cierto
era que Ventia tenía algo que a Leston le faltaba. Había pocos
lugares en el mundo donde el cielo se viera tan estrellado.
Mientras
regresaba a la casa pensó en Kristen. Era una lástima que fuera tan
estrecha. Tras los acontecimientos transcurridos a lo largo del día,
lo que más le apetecía era follársela hasta que se le cayera la
polla.
lunes, 5 de noviembre de 2012
Día cuatro. Mimi Alonso
LA BOLSA PERDIDA
–¿Y qué llevabas en la bolsa?
–Dinero, bastante dinero –dijo Graham a Til.
–Dinero, bastante dinero –dijo Graham a Til.
No estaría bien reírse de él con la boca abierta, perdiendo el compás de la respiración, exagerada y atropelladamente, pero lo haría. Las carcajadas de Lord Til resonaron por la mansión mientras Graham, el inmaculado, sentía la vergüenza caer con cada sonrisa floja del resto, uniéndose al estallido del noble.
Abandonó la mansión con paso presuroso, como si aquellas carcajadas tuvieran la facultad de colgarle un cartel donde se leía un firme “Idiota”. Graham no se merecía que lejos de Leston continuaran pasándole aquellas cosas. Siempre que se pensaba vencedor de cualquier gesta, ocurría algo que le hacía quedar a la altura del betún. Claro que esas cosas no eran en parte sólo culpa suya. Los demás se mofaban de él aunque él siempre pensaba que lo hacían por envidia. Era un caballero capaz, fuerte y joven, apuesto y galante. Cualquier mujer preferiría morir antes que yacer con uno de aquellos cerdos que el país tenía entre sus filas, todos demacrados, oliendo a cuadra, sin dientes, viejos… Todos menos Til. Claro que las mujeres también preferirían estar muertas a yacer con él.
Abandonó la mansión con paso presuroso, como si aquellas carcajadas tuvieran la facultad de colgarle un cartel donde se leía un firme “Idiota”. Graham no se merecía que lejos de Leston continuaran pasándole aquellas cosas. Siempre que se pensaba vencedor de cualquier gesta, ocurría algo que le hacía quedar a la altura del betún. Claro que esas cosas no eran en parte sólo culpa suya. Los demás se mofaban de él aunque él siempre pensaba que lo hacían por envidia. Era un caballero capaz, fuerte y joven, apuesto y galante. Cualquier mujer preferiría morir antes que yacer con uno de aquellos cerdos que el país tenía entre sus filas, todos demacrados, oliendo a cuadra, sin dientes, viejos… Todos menos Til. Claro que las mujeres también preferirían estar muertas a yacer con él.
Cuando llegó a las cuadras, el sol se había puesto. Montó en su caballo.
Incluso a ojos de un hombre, Lord Til resultaba irresistible. El propio Graham en plena campaña militar, llevando meses lejos del hogar, comenzó a sentir una atracción peligrosa. Por eso al regresar de la Batalla de las Estepas, pidió que lo mandaran a Ventia. Pero eso jamás lo confesaría, antes prefería estar muerto que decir abiertamente cuál fue el motivo por el que pidió ser trasladado.
Comenzó a cabalgar en cuanto se vio lejos de las murallas. Iba a regresar con la bolsa que había perdido, y cuando la tuviera en la mano bien sujeta, se la mostraría. Así quizá se le borraría de la cara aquella sonrisa altanera.
Incluso a ojos de un hombre, Lord Til resultaba irresistible. El propio Graham en plena campaña militar, llevando meses lejos del hogar, comenzó a sentir una atracción peligrosa. Por eso al regresar de la Batalla de las Estepas, pidió que lo mandaran a Ventia. Pero eso jamás lo confesaría, antes prefería estar muerto que decir abiertamente cuál fue el motivo por el que pidió ser trasladado.
Comenzó a cabalgar en cuanto se vio lejos de las murallas. Iba a regresar con la bolsa que había perdido, y cuando la tuviera en la mano bien sujeta, se la mostraría. Así quizá se le borraría de la cara aquella sonrisa altanera.
–¿Dónde la habéis encontrado? –Preguntó Kristen.
–Muy próxima a la frontera –Til dio un trago largo al té, directamente de la tetera–. Manda que me traigan cerveza, estas hierbas son repulsivas.
–Muy próxima a la frontera –Til dio un trago largo al té, directamente de la tetera–. Manda que me traigan cerveza, estas hierbas son repulsivas.
Kristen llamó a Claire ordenando una jarra fría. Poco después la criada la dejaba sobre la mesa junto a dos copas. Se disponía a servirlas cuando Til se puso en pié para hacerlo él mismo.
–¿Se sabe algo de Julien?
–No, todavía no –respondió sintiendo una punzada de impotencia y miedo.
–Esos malditos salvajes se están moviendo –dijo Til cediéndole una de las jarras llenas hasta el borde–. Odio tener que coincidir que con los hombres de tu esposo, pero tenemos que hacer algo.
–¿Realmente lo crees? –Durante la expedición, Kristen se planteó seriamente hacerlo, pero estaba decidida a resistirse a la idea hasta que Til lo aconsejara. Podía ser muchas cosas pero si seguía sus consejos, sabía que Ventia sólo saldría beneficiada.
–Lo creo.
–Entonces movilizaremos a los soldados –dijo contundente.
Til llenó la otra copa y bebió la mitad de un trago mientras observaba curioso a su prima política.
–No sé si he perdido el juicio pero ¿te he escuchado aceptar mi consejo? ¿Estás dispuesta a ponerlo en práctica?
–Sí –dijo ella con mirada sombría. Odiaba darle la razón precisamente a él.
–Eso es muy interesante. Pensé que Lady Kristen jamás aceptaría nada mío, pero me alegra saber que las cosas pueden estar cambiando... –sonrió desnudándola con la mirada.
–La necesidad provoca el cambio, eso es todo. Sólo estamos hablando de la guerra, del Aumirio; nada más. No enredes mis palabras.
–No lo hago, prima.
–No soy tu prima.
–Sí a efectos prácticos.
–Til, por favor, ya basta –pidió Kristen echándose las manos a la cabeza. No podía soportarlo cuando se comportaba así, cuando la desarmaba y era consciente de que la gran mujer de alta cuna estaba en realidad desnuda y desvalida frente a él.
–Mandaré que se reúnan todos los hombres capaces de Ventia. Partiremos en unas semanas y regresaremos con carros cargados de Aumirio. Tu maridito estará orgulloso de ti, prima –dijo tomándola del mentón.
–No me toques –Kristen lo apartó de un manotazo.
–De acuerdo, esperaré a que me lo supliques para volver a hacerlo...
–No, todavía no –respondió sintiendo una punzada de impotencia y miedo.
–Esos malditos salvajes se están moviendo –dijo Til cediéndole una de las jarras llenas hasta el borde–. Odio tener que coincidir que con los hombres de tu esposo, pero tenemos que hacer algo.
–¿Realmente lo crees? –Durante la expedición, Kristen se planteó seriamente hacerlo, pero estaba decidida a resistirse a la idea hasta que Til lo aconsejara. Podía ser muchas cosas pero si seguía sus consejos, sabía que Ventia sólo saldría beneficiada.
–Lo creo.
–Entonces movilizaremos a los soldados –dijo contundente.
Til llenó la otra copa y bebió la mitad de un trago mientras observaba curioso a su prima política.
–No sé si he perdido el juicio pero ¿te he escuchado aceptar mi consejo? ¿Estás dispuesta a ponerlo en práctica?
–Sí –dijo ella con mirada sombría. Odiaba darle la razón precisamente a él.
–Eso es muy interesante. Pensé que Lady Kristen jamás aceptaría nada mío, pero me alegra saber que las cosas pueden estar cambiando... –sonrió desnudándola con la mirada.
–La necesidad provoca el cambio, eso es todo. Sólo estamos hablando de la guerra, del Aumirio; nada más. No enredes mis palabras.
–No lo hago, prima.
–No soy tu prima.
–Sí a efectos prácticos.
–Til, por favor, ya basta –pidió Kristen echándose las manos a la cabeza. No podía soportarlo cuando se comportaba así, cuando la desarmaba y era consciente de que la gran mujer de alta cuna estaba en realidad desnuda y desvalida frente a él.
–Mandaré que se reúnan todos los hombres capaces de Ventia. Partiremos en unas semanas y regresaremos con carros cargados de Aumirio. Tu maridito estará orgulloso de ti, prima –dijo tomándola del mentón.
–No me toques –Kristen lo apartó de un manotazo.
–De acuerdo, esperaré a que me lo supliques para volver a hacerlo...
Ahí queda mi parte. Pelota en tu tejado, Migue.
lunes, 15 de octubre de 2012
Día tres. Mimi Alonso.
UN PASEO A CABALLO
Ciertamente el incidente del vino había sido inquietante. Ni por un momento Kristen sospechó que tuviera enemigos dentro de los muros de Ventia «¡qué digo! ¡dentro de mi propia casa!». Habían intentado envenenarla con ácido. Un gesto particularmente curioso puesto que esa era la forma que tenía Lord Julien para librarse de sus enemigos.
«Traidores… Si supieran que siguen vivos gracias a mí…» pensó esgrimiendo una sonrisa torcida mientras se sumergía en la bañera llena de agua, leche y aceites, que le había preparado su fiel Claire. Todavía quemaba pese a que sólo entró en el baño cuando ya los exploradores se habían marchado de la ciudad.
–¿Lord Til, no vamos a detenernos para descansar?
–¿Qué eres, una niña o un hombre de Ventia? –Preguntó jactancioso.
Sólo llevaban tres horas cabalgando. El grupo de exploradores estaba compuesto por menos hombres válidos de los que le gustaría, todos aquellos sacos de carne se habían convertido en perezosos despojos con sólo vivir seis meses en la colonia. Til no pensaba darles descanso hasta que les sangraran los traseros.
–No te preocupes Jeogre, ya casi hemos llegado –dijo Graham lanzando al Lord una sonrisa desafiante desde su caballo.
Graham era el único que sobreviviría si se daba un combate cuerpo a cuerpo contra los salvajes. Ya habían peleado juntos en las legendarias batallas por la independencia de Leston. Ganó medallas, ganó honores, los niños se le acercaban por la calle, las mujeres se rendían a sus pies… Y entonces, cuando nada podía irle mejor, le enviaron a Ventia. En cuanto Til se enteró, supo que lo enviaban para hacerle llegar la muerte que tantas amistades no podían brindarle en Leston, pero Graham estaba lejos de compartir su visión. Él pensaba que le habían mandado allí para inspirar a los hombres, guiarlos en los conflictos que surgieran a la búsqueda del aumirio, sirviendo a Leston y haciendo valer sus leyes en tierras extranjeras.
–Esperad mi regreso –ordenó Til al grupo de jinetes. Estaban próximos a la frontera, si la pasaban con las monturas alertarían a los salvajes poniéndose innecesariamente en peligro.
–Estás loco. ¿Piensas adentrarte solo en territorio enemigo? –Se opuso Graham, pero Til no respondió. Espoleó su caballo y trotó en dirección al frondoso bosque donde acababa Ventia y la cosa comenzaba a ponerse realmente interesante.
Sólo veinte minutos después tuvo que esconderse tras unas rocas al escucha voces cercanas. No pensó que los salvajes osaran acercarse tanto a la línea divisoria; encontrarlos tan despreocupados le enfureció. Una chica y un guerrero discutían acaloradamente en su repugnante idioma. Era una oportunidad perfecta para capturar un salvaje. Los hombres de Ventia nunca habían visto a ninguno separarse de su grupo.
Sacó su revólver de la funda y apuntó con precisión a la muchacha. Los capturaría a ambos si le disparaba a ella; los salvajes jamás abandonaban a los suyos frente al enemigo. La partida de caza comenzaba y aquellos eran buenos especímenes. Quizá tras llevarlos a Ventia e interrogarlos, le ofrendaría a Lady Kristen sus cabezas para colgarlas en su dormitorio.
Dos disparos prácticamente seguidos alertaron a los exploradores. Graham, tras discutir con un par de hombres que se negaron a abandonar su segura posición, montó en el caballo dispuesto a auxiliar a su compañero. Se adentraba en el bosque recorriendo el sendero que le pareció más despejado cuando vio dos figuras que caminaban en su dirección.
Til regresaba y lo hacía con una muchacha. Le había atado las manos y tiraba de ella con ímpetu mientras la chica dejaba tras de sí una estrecha hilera de sangre.
–¿Ya están de vuelta? –Sorprendida, Kristen dejó el bordador en la mesita junto a su taza de té y siguió a la criada escaleras abajo.
Los exploradores aguardaban en la recepción con sus sombreros respetuosamente sujetos en las manos. Uno de ellos la dirigió al sótano donde Lord Julien había ordenado construir las celdas para ilustres prisioneros. El marido de Kristen estaba convencido de que estando en su propia casa, era mucho más difícil que las personalidades que allí hospedadas, escaparan con facilidad. Ella odiaba tener aquellas celdas bajo sus pies, odiaba escuchar los gritos alcanzando su dormitorio por las noches.
–¿Pero qué es esto? –Preguntó Kristen–. ¡Haz el favor de parar ya! –Pidió horrorizada viendo a Til descargar un nuevo latigazo en la espalda de la chica, que se encogía gritando de dolor en un rincón.
–Levántate y presenta tus respetos –pidió Til amablemente con el látigo todavía ardiendo en su mano, Kristen sintió escalofríos viendo sus ojos brillar excitados por el miedo de la muchacha–. ¡Levántate y saluda a Lady Kristen! –La salvaje se apoyó en una cañería dorada intentando temblorosa ponerse en pie–. ¡Levántate! –Gritó dando zancadas hacia ella con la mano levantada.
–¡Te he dicho que pares! –Le ordenó Kristen interponiéndose entre los dos. Al instante Til dejó caer la mano.
–Es basura.
–Es una chiquilla –repuso ella furiosa, se volvió hacia la salvaje siendo consciente de la mancha de sangre que había quedado en la tubería–. ¿Me entiendes? ¿Entiendes mi idioma? –Preguntó sintiendo lástima por primera vez al ver el miedo en los ojos de un salvaje.
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